Una vida de ‘películas’

03.12.2022

Martín Bonal Simarro trabajó como proyeccionista en la práctica totalidad de las salas cinematográficas de la ciudad, desde el Cervantes de verano en la calle de la Feria hasta las Multisalas Albacenter


Buena parte de su vida la ha visto pasar desde la cabina del viejo Capitol, donde permaneció un cuarto de siglo, de los primeros sesenta hasta su demolición a mitad de los setenta


Martín Bonal señala la ubicación de la cabina en el viejo Capitol.

Martín Bonal Simarro no quería ser proyeccionista. Nunca pensó, cuando era un chiquillo de la posguerra, que terminaría dedicándose al cine durante décadas. La vida parecía reservarle otros planes. Nacido en la calle Onésimo Redondo número 9, ahora, Antonio Machado, "nada más terminar la Guerra Civil", el 10 de abril de 1939, pertenecía a una familia de pescateros "de toda la vida", los Bonales. De hecho, en ese Albacete en blanco y negro y de libertades ausentes apenas contaba nueve años cuando ya se asomaba por el puesto de la Plaza Mayor.

Sí, su familia podría ser "muy conocida", pero también trabajadora. Lejos de conformarse con su despacho de pescado en la vieja plaza, que fundó el "abuelo Martín", emprendió otras 'empresas', como la gestión de las taquillas de la plaza de toros, un negocio que acabó con la llegada de Vicente Blanquer El Gallo al coso albacetense.

Martín Bonal, de joven, y en la pescadería de la familia en la vieja Plaza Mayor.

Eternas jornadas de trabajo que recuerda ahora, a sus 83 años, como si fuera ayer. "En el puesto teníamos unas bombillas de 200 watios, ¡me daban un calor!, y con ello, una mosca que no veas, y mi padre, de vez en cuando, me metía una patada en el culo y me decía ¡ponte derecho muchacho!".

No pudo ser contable

Pero su familia no se resignó a que el chaval fuera pescatero y "contador de entradas". Estudió en varios colegios, como Franciscanos o la Academia Cedes, en la actual plaza la Constitución, y luego, en el Colegio Cedes de la calle Pérez Galdós, donde casi terminó Contabilidad. No pudo hacerlo debido a las urgencias familiares. Había que ayudar en la pescadería. Y como administrativo trató de encontrar trabajo para llevar la contabilidad de alguna empresa, pero no fue posible. "Mi padre habló con la persona que le llevaba las propiedades al empresario de cines José Pérez García, sus tierras, sus casas... recuerdo que se llamaba señor Pavana".

Nuestro protagonista comenzó a trabajar en 1958 en el Cervantes de verano de la calle de la Feria.

Y así fue que el señor Pavana le consiguió una reunión con don José. "Me presenté acompañado por un amigo que ya trabajaba en el cine, Juanito Valero". El encuentro no fue cómo esperaba. No le dieron un empleo como contable, ni mucho menos. "Ya tenían a sus contables, el jefe le dijo a Juanito Valero que me subieran ese mismo día a la cabina del Cervantes", donde debía aprender el oficio desde lo más bajo del escalafón. Corría el año 1958.

Eso sí, iba a contar con buenos maestros, puesto que Juanito Valero pertenecía a una estirpe de profesionales de la exhibición cinematográfica. "Los Valero, Juanito y sus hermanos Antonio y Pepe, ya trabajaban en los cines, pero, además, la familia tuvo donde estaba la sede de La Voz de Albacete -en la actual plaza del Periodista Antonio Andújar-, una pista de patinaje, y ahí dieron hasta cine".

Llevaba las películas de cine en cine

"Al principio me dedicaba a llevar las bobinas cuando se 'echaban' las mismas películas en el Cervantes de verano, en el Gran Hotel o en el Capitol", recuerda Martín, ese muchacho "que dicen, bien parecido" que iba de aquí para allá, caminando o en bicicleta -cuando no la cogía el avisador, Pedro- "con las bobinas para que los pases comenzaran a tiempo". Y así transcurrió el verano de 1958 en el Cervantes, ese cine bajo la luz de la luna que abrió sus puertas en 1945, cuando en la ciudad funcionaban otras salas estivales, la propia Plaza de Toros o el Cine Azul. "En el Cervantes no había jefe de cabina, pero sí dos operadores, Juan Duro y Antonio Valero, y yo era el ayudante, por cierto, que Juan Duro fue jugador del Albacete Balompié", recuerda.

Después del verano, pasó al Capitol, en la plaza del Altozano, que atesoraba una historia de casi 15 años -fue fundado en 1934-, con 1.400 butacas y en el que, durante largas temporadas, el cine compartió protagonismo con las compañías de revista, con el teatro o con la zarzuela, amén de otros actos nada glamurosos durante la Guerra Civil. Un año sin cobrar y luego el servicio militar hasta que, por fin, le llegó la primera nómina, "de 965 pesetas". Allí, en el viejo Capitol, conoció a uno de sus maestros, Ángel Burgos, Molinilla, "ese era su apodo, porque cantaba por Antonio Molina".

Imagen nocturna del Altozano, con el viejo Capitol al fondo. / A.M.A.

"En el Capitol permanecí unos 25 años, prácticamente hasta que fue demolido, en 1974, lo recuerdo como si fuera ayer, fue una lástima". Esos primeros años como proyeccionista también desempeñó la función de correturnos, "para que los operadores del resto de cines de Pérez García pudieran descansar", afirma. Fueron tiempos duros y complicados, de mucho trabajo, proyectando en otras salas... Carretas, Productor A y B. "Salía del cine a la una de la mañana, y entonces me iba a la calle Albarderos, donde teníamos las oficinas a contar entradas, y desde ahí a mi casa, y a primera hora, a la Plaza Mayor".

Largas temporadas en las que el cine era la única diversión en ese Albacete a media luz, "la gente que no tenía trabajo venía al cine, eso sí, cuando hicieron las discotecas, se fastidió el negocio, pasó lo mismo que con el mercado, desde el momento en el que comenzaron a poner pescaderías y fruterías en los barrios, se acabó ir a la Plaza Mayor".

Del Capitol al Gran Hotel -donde el jefe de cabina era Francisco Pineda- y de nuevo al Cervantes, pero al nuevo Cervantes de la calle de la Feria, abierto en 1973, y donde proyectó "al principio, con las máquinas del Capitol, unas Ossa, nada que ver con las Phillips del Cinema Gran Hotel, que eran muy silenciosas, eran divinas".

El cine ocupaba casi, casi toda su jornada, y el tiempo que le quedaba lo compartía con su compañera de toda la vida, Antonia. "Había cine todos los días, desde las cinco de la tarde hasta la una de la madrugada, y los domingos, las matinales, que al principio no nos las pagaban", pero que reivindicaron "y conseguimos cobrarlas, así lo propusimos el personal de la cabina, Manuel Atiénzar, Gabriel Ruiz El Pelao y yo". De los porteros, se pregunta ahora las razones por las que la mayoría eran guardias civiles. En fin.

En la cabina del nuevo Cervantes.

Viejo catálogo de máquinas Ossa.

El examen

Durante años ostentó la categoría de ayudante de cabina, y no de operador, hasta que se examinó en Valencia. Teórico por la mañana, práctico por la tarde, observó cómo algunos copiaron en esos exámenes. Todavía hoy en día recuerda el libro que tuvo que aprenderse de pe a pa, editado por la Agrupación Sindical de Operadores Cinematográficos Españoles, y cuyo título era Resumen de contestaciones al programa de operadores cinematográficos. También retiene en su cabeza las pruebas que tuvo que superar, capaz de repetirlas como en aquel lejano día de los años sesenta.

Los trabajadores de los cines disponían de una peña que organizaba viajes en Semana Santa, cuando las salas cerraban. Al lado, una de las hojas del cuaderno de cabina del Capitol.

Anécdotas, todas las del mundo. Camerinos agujereados en los que las artistas debían poner sábanas para recuperar la intimidad perdida. Controladores enviados por las distribuidoras de turno para asegurar que el exhibidor pagaba lo que correspondía en función del público asistente, aunque también cabía practicar algún ardid que otro en beneficio del casero. Porteros que "corrían como demonios" cuando algún cliente hacía el ademán de dar una propina. O la excursión que repetían día tras día cuando bajaban a llenar el botijo de la cabina en el único grifo del Capitol, situado detrás de la pantalla.

De la censura, Martín afirma que las películas que llegaban al Capitol ya tenían el tijeretazo correspondiente. "En las bobinas venían los rolletes de lo que se había cortado, ya venía preparada, la censura venía puesta". No sucedía lo mismo cuando se proyectaba cine en Escolapios. "Algunas veces les echábamos películas, y la censura consistía en que el cura ponía la mano delante del objetivo cuando no le interesaba que se viera tal o cual plano, alguno que otro se quemó".

Las Multisalas Albacete fue su último destino.

En 2022, en el Capitol, sede de la Filmoteca.

Tras el cierre del Cervantes, en 1996, ya en manos de la empresa Salzillo, pasó a los cines Goya y Carlos III, y desde ahí, a las Multisalas Albacenter, donde no sólo proyectaba, sino que hacía las veces de portero y de acomodador. Tiempos modernos, nada que ver con los años, con las décadas en las que por su manos pasaron algunas de las mejores películas de la historia del cine, cuyos títulos apuntaba un día tras otro en un cuaderno de cabina, ahora una enciclopedia cinematográfica, de la A a la Z, desde el 16 de febrero de 1960, cuando en el viejo Capitol se proyectó la película británica La última noche del Titanic, con Kenneth More, hasta las Navidades de 1996, cuando el Cervantes echó el cierre con Jack, la cinta dirigida por Francis Ford Coppola, con Robin Willians y Diane Lane.

Y en 2002 llegó su jubilación. No sólo en los cines, sino también en la empresa a la que dedicó también sus desvelos, Comercial Química, laboratorio de análisis de vino y todo lo relacionado con las bodegas.

Ahora, con la experiencia de la senectud, pero con la mirada de aquel chaval que comenzó a echar cine porque no pudo ser contable, recuerda a multitud de compañeros, acomodadores, avisadores, porteros, proyeccionistas, camareros... Un hombre de cine y para el cine. "Recuerda que mi cuñado era el periodista Luis Parreño, una gran persona". Dicho queda, Martín.

"Creo firmemente que la vida es un regalo y no pienso desperdiciarla. Nunca se sabe que cartas te repartirán la próxima vez" Titanic. 1997

Homenaje celebrado en la Filmoteca a los antiguos trabajadores de los cines de la ciudad por el alcalde Manuel Pérez Castell en junio de 2005. / FOTO DIARIO LA VERDAD


www.cuentosdecine.es