Pistolas, pañuelos y sangre fría: el olvidado robo al Cinema Capitol que acabó en un ridículo absoluto

07.08.2026

El 26 de enero de 1969, dos jóvenes armados protagonizaron un fallido intento de atraco en este céntrico cine, ignorando las llaves correctas de la caja fuerte y huyendo sin botín.


El suceso, más propio del guion de una comedia de enredo real, coincidió con la proyección de La leyenda del indomable y evoca a clásicos del cine de robos chapuceros como Atraco a las tres, Rufufú, Toma el dinero y corre o Tarde de perros


Imagen del viejo cine Capitol y un par de recortes de prensa sobre el fallido atraco.

Cuando las luces se apagan y el proyector hace su magia, todo puede pasar en el cine. Y no sólo en el lienzo de plata que es la pantalla. En el patio de butacas, en la sala de proyecciones, en las taquillas… y en sus oficinas.

Así sucedió el 26 de enero, domingo, de 1969, en el antiguo Cinema Capitol de la actual plaza del Altozano, entonces por mal nombre del Caudillo, donde dos cacos novatos y asustadizos trataron de dar el gran golpe. Dos pistolas, que parecían reales, y tapados con pañuelos como si fueran villanos del viejo Oeste, y un valiente oficinista, componían el plato fuerte de un episodio casi olvidado de la historia delictiva de la ciudad, y que las hemerotecas nos devuelven a golpe de teclado.

«-Deme las llaves de la caja fuerte.

-Es que yo no las tengo…»

El guion podía ser el de cualquiera de los cientos de películas que se han rodado a lo largo de la historia del séptimo arte de cine clásico y film noir o de comedias y sátiras.

Ese domingo en el Capitol de José Pérez García se proyectaba todo un clásico del cine carcelario, La leyenda del indomable -Cool Hand Luke-, con Paul Newman haciendo de las suyas. Pero el verdadero espectáculo y el más descabellado no estaba en la pantalla, sino en las oficinas del propio cine.

En torno a las nueve y media de la noche, mientras el público acomodado en sus butacas contenía el aliento con el drama de la película, dos jóvenes de entre 18 y 20 años irrumpieron en la planta principal. Iban con el equipo completo del perfecto atraco de película, es decir, el rostro oculto tras unos pañuelos y empuñando dos pistolas que la policía sospechó que eran auténticas. Pero eran eso, sospechas. Podían ser simples juguetes o pistolas de fogueo.

Ahí se encontraba Francisco Quintanilla, el único administrativo que trabajaba a esa hora, cumpliendo tranquilamente con su labor. Echando cuentas.

Danos las llaves de la caja fuerte!, espetaron encañonándole los ladronzuelos.

-No tengo las llaves, respondió el señor Quintanilla, con una sangre fría digna del propio Clint Eastwood.

Fue entonces cuando el guion improvisado de los cacos empezó a romperse en mil pedazos. Con los nervios a flor de piel, obligaron al empleado a ponerse de cara a la pared. Entonces, al ver un manojo de llaves sobre la mesa, creyeron haber encontrado la solución a su futuro. Se colaron a oscuras en la estancia contigua e intentaron abrir la caja fuerte a ciegas... Pero su gozo en un pozo, No era la llave.

Sudando témpanos de hielo y atenazados por el pánico al darse cuenta de que no dominaban la situación, trataron de solventar el errático delito encerrando al administrativo en la habitación y saliendo por patas. Cruzaron el vestíbulo disimulando entre la gente y escaparon sin llamar la atención ni del respetable que miraba la pantalla, ni del portero de servicio.

El balance, cero pesetas de botín, un susto para el administrativo, presidente de la Sección Social del Sindicato del Espectáculo, y una investigación policial que hubiera realizado a la perfección el inigualable Colombo.

Robos (chapuceros) de película

Está claro. Si el atraco al Capitol hubiese sido un relato escrito para el cine, habría encajado a la perfección en la categoría de guiones de asaltos disparatados. La historia del séptimo de los artes está repleta de delincuentes cuyos planes perfectos chocan de frente con la cruda realidad… o con su propia torpeza. Rufufú (1958) de Mario Monicelli, es uno de los referentes del robo chapucero. Un grupo de pillos de poca monta intenta asaltar una casa de empeños abriendo un boquete en la pared equivocada. Terminan picando el muro directo a una cocina y conformándose con comerse un plato de garbanzos con pasta.

Y si no, Atraco a las tres (1962), de José María Forqué, un gran clásico del cine español en el que un grupo de empleados de banca frustrados decide atracar su propia sucursal imitando el cine negro norteamericano. Pero el plan, plagado de despistes, imprevistos y falta de profesionalidad, roza el caos absoluto.

Otro ejemplo, Tarde de perros (1975) de Sidney Lumet, donde el protagonista entra a robar un banco justo después de que se hayan llevado el dinero en efectivo, quedándole una caja prácticamente vacía. El robo de 10 minutos termina convirtiéndose en un circo mediático y un secuestro involuntario de horas.

Pero hay más, como Toma el dinero y corre (1969), de Woody Allen, que por casualidades de la vida, se estrenó el mismo año que el suceso del Capitol. Muestra las desdichas de un criminal inútil. En una escena legendaria, intenta robar un banco entregando una nota, pero los cajeros no logran entender su caligrafía. Para gustos, colores.

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