Las tascas de los caracoles, el fenómeno que reinventó el verano en Albacete

04.07.2026

En los años 50 de pasado siglo, unas lluvias torrenciales arruinaron a varios tasqueros, que solicitaron al Ayuntamiento una autorización para instalarse en primavera, junto a la Caseta de los Jardinillos


En la década de los 70, un grupo de vecinos solicitó su traslado al Altozano o al Parque, ante lo que el Consistorio optó por acortar su temporada para aminorar las molestias, lo que calmó el malestar entre los residentes cercanos


Hilera de tascas en el Paseo de la Feria, cuando se ubicaban junto a la Caseta y el parque de los Jardinillos. / GONZALO GIL

Si por algo se caracteriza el verano albaceteño, más allá de un sofocante calor y unas noches algo más frescas -eso sí, cada vez menos-, es por las tascas de los caracoles. Pero, ¿cuál es su origen? Es una cuestión difícil de resolver.

Lo cierto es que hay lugares que poseen una doble vida, espacios urbanos capaces de mutar su fisonomía y hasta su sentido según la estación del año. En Albacete, ese camaleón urbano y social tiene un nombre indiscutible: el Paseo de la Feria. Para el visitante casual o para quien solo conozca la capital durante los intensos días de septiembre, ese gran eje es el escenario de una de las celebraciones más multitudinarias e internacionales de España.

Sin embargo, para los albaceteños y albaceteñas, el idilio con su paseo comienza mucho antes, cuando los rigores del invierno manchego empiezan a ceder y la primavera muestra sus primeros brotes. Es en ese momento cuando esta calle tan especial despierta de su hibernación para convertirse en el epicentro del ocio, la gastronomía popular y el reencuentro a través de un fenómeno único: las tascas de los caracoles.

Historia centenaria

Calle de garitas. / GONZALO GIL

Este tipo de establecimientos efímeros tienen una historia más que centenaria, pero siempre en torno a la Feria de Septiembre, cuando comenzaron a instalarse botillerías y garitas en las que reponer fuerzas y refrescarse el gaznate con la aloja -antecesora del agua de cebada-, con el hipocrás -vino especiado y hervido-, la clarea o clarete manchego, la carraspada o cuerva con miel, el agraz -zumo ácido de uva blanca con cristales de hielo- y el tinto, vino de la zona que se traía en cubas.

Esos chamizos dieron lugar a las tascas de La Cuerda. Pues bien, según relatan las crónicas históricas publicadas en las décadas posteriores, en los días previos a la Feria de Septiembre de 1957 la ciudad se vio azotada por un temporal de lluvias torrenciales. En aquella época, como ahora, los feriantes se jugaban mucho en esos días festivos, pero aquel año estos bares provisionales se vieron seriamente perjudicados.

Ante la desesperación y la amenaza de quiebra, unos cuantos tasqueros decidieron solicitar al Ayuntamiento un permiso extraordinario para instalarse en el Paseo de la Feria durante los meses de primavera y verano del año siguiente, 1958, con el objetivo de paliar las pérdidas sufridas. El Consistorio concedió la licencia provisional a dos únicas tascas.

La primera imagen, de Belda, es de finales de los años 40, y muestra la garita 'El patio andaluz', y a su lado, otra imagen, en este caso, de los años 60, de Bernardino Gómez

Se trataba de estructuras primitivas que distaban mucho de las actuales instalaciones, ya que estaban confeccionadas rudimentariamente con listones de madera y lonas, y se ubicaron estratégicamente en la puerta de la emblemática Caseta de los Jardinillos, al principio del Paseo de la Feria.

La feria de mayo

En esos primeros días de mayo, especialmente en los años 60 del pasado siglo, la agricultura y la ganadería ya protagonizaban una feria que fue ganando peso con el paso de los años, con nombres tan variados como Expogan o Certamen Económico de Primavera, y que la prensa local ensalzaba porque no solo aportaba a la ciudad «un clima festivo y alegre», sino que se consolidaba como una plataforma esencial para el progreso local, al representar las «riquezas esenciales de la región».

A pesar de que algunos vecinos y vecinas la llamaban popularmente la feria del borreguito, las crónicas de La Voz de Albacete insistían en que no se debía mirar con escepticismo, invitando a la ciudadanía a contemplar esa feria de mayo «con el más primaveral optimismo», puesto que nacía con la firme vocación de beneficiar el futuro de toda la provincia. Solía coincidir con San José Obrero, en torno al 1 de mayo, la respuesta franquista al Día del Trabajo.

Buñoleria en la Feria, foto de María Victoria Sainz, fechada en 1965, y tasca 'Los claveles', de Gonzalo Gil.

Y en ese entorno festivo, esos restaurantes improvisados fueron ganando popularidad, ofreciendo un menú adaptado a los monederos de la época. Disponían de vino de la tierra, cerveza fresca, algún tomate partido con sal y un plato humilde pero sabroso que los clientes devoraban con presteza: los caracoles.

El éxito fue tan fulminante que, con el tiempo, el público comenzó a referirse popularmente a este espacio como las tascas de los caracoles. Había nacido, casi por accidente, una de las tradiciones gastronómicas más potentes de la ciudad.

Las condiciones de los establecimientos

Pero, de forma paralela, la prensa comenzó a recoger la preocupación vecinal por las condiciones de estos establecimientos. Y como muestra, una crónica aparecida en La Voz de Albacete el 7 de junio de 1969, bajo el titular Sanidad y limpieza.

La noticia se refería a la proliferación de "tenderetes de líquidos más o menos estimulantes y aperitivos" en paseos como el de la Feria. "Alguien se queja de que no todos los expendedores se atienen a las normas más elementales de sanidad y pulcritud. Que sobre determinadas tapas descubiertas suelen caer escuadrillas de insectos. Que el cristal y otros recipientes dejan bastante que desear en ciertos establecimientos", señalaba el artículo, añadiendo el cronista que le parecía "natural" que todo el mundo "viva de lo que los humanos coman o beban, pero que se vigilen estos comercios o mejor, bebercios, como decía el castizo. Y no se tolere la suciedad y reine el imprescindible decoro".

Un par de años después, el 27 de junio de 1971, La Voz de Albacete publicó un artículo de opinión firmado por Molina en su sección Cuatro Esquinas y titulado Paseo de la Feria. En el mismo, describía el ambiente de esa calle peatonal tan especial para los albaceteños y albaceteñas. "En las tardes de sábado y los domingos sigue siendo la vieja y entrañable atracción de un público numeroso y popular", en referencia al paseo, añadiendo que "muchas familias con sus pequeños" acudían a sus tascas al aire libre con sus cenas. Pero el negocio para las tascas no era el mismo debido a la competencia que suponían "la televisión, los coches, otra forma de vida superior desplazan tanto al paseo en la plácida noche, y nos dicen que se quejan los de esos refrescantes tradicionales. Y que algunos hasta no abren. Hay que acomodarse a los nuevos e inevitables estilos. Se fueron aquellas vacas gordas".

Pero también ponía el articulista el acento en que sobraban las quejas sobre que algunos "tenderetes, bares y tabernas volantes" no eran "muy profesionales" con las naturales consecuencias en el cuidado, limpieza, presentación… "es un viejo cuadro que admite pocos arreglos. Pero algo podrá hacerse para que aminoren los ruidos y se pongan los naturales aspectos sanitarios, en bien de la estética de tan popular zona".

Traslado al Altozano o al Parque

Una antigua garita, anunciando que disponía de cocido y vino, y en la segunda, un niño ante las tascas en los años 70. / GONZALO GIL Y GABRIEL RUIZ LUQUE

La cuestión de las condiciones de estos establecimientos seguía en el debate popular años después. El 16 de abril de 1977 se publicó en La Voz de Albacete una carta de vecinos de la zona del Paseo de la Feria dirigida al alcalde de entonces, Ramón Bello Bañón, en la que consideraban un abuso prolongado la instalación de las tascas durante casi siete meses al año.

El foco de la denuncia se concentraba en los primeros 200 metros del Paseo de la Feria, en su margen derecho, junto a la Caseta de los Jardinillos. En este espacio se establecía "un número indeterminado que cada temporada va en aumento de casetas-tascas donde se sirven aperitivos y meriendas y cuya permanencia se extiende hasta finales del mes de septiembre". Tras advertir de las condiciones higiénicas y los humos que generaban, resaltaba que ese espacio se había convertido en un "verdadero W. C. al aire libre". Al carecer de servicios públicos, "los árboles y, lo que es peor, los propios portales de los inmuebles del vecindario" se convertían en inodoros improvisados, provocando "una serie de olores nauseabundos, siendo un buen vivero para mosquitos y posible foco de infecciones".

También cargaban contra su aspecto estético, denunciando que "supone contrariar los principios urbanísticos, ya que nadie puede negar la antiesteticidad y el afeamiento que las mismas provocan en el paseo". Y todavía más. Los firmantes de la queja criticaban que "a partir de ciertas horas avanzadas de la noche todavía hay quien continúa la juerga favoreciendo diversos elementos de ciertos bares de luz roja".

Esta situación, descrita entre "gritos y cantos, salpicados de vez en cuando con alguna pelea que otra", impedía -según los vecinos- el normal reposo "para quienes no todos los días son domingo precisamente".

Los afectados dejaban claro que su intención no era boicotear esos establecimientos. "No nos oponemos a que las casetas se coloquen en los días de Feria, ya que ello es propio de las fiestas, y por algo son fiestas", pero no durante siete meses, solicitando su traslado a otro lugar "más apropiado e idóneo", sugiriendo la Plaza del Caudillo -ahora, Altozano-, en torno a la fuente, o en el Parque de Abelardo Sánchez, "ya que así estarían con mejores vistas".

La popular Lola. / ANTONIO GUERRERO

Esa carta no se quedó en una pataleta y punto, sino que tuvo sus consecuencias. Apenas un mes después, el 13 de mayo de ese 1977, el mismo periódico daba cuenta de la rápida intervención de las autoridades locales para poner fin a una polémica que amenazaba la convivencia vecinal.

Acortar la temporada

El 30 de abril, la Comisión Municipal Permanente había adoptado una medida esperada por el barrio al poner fin a la permanencia casi ininterrumpida de estas instalaciones durante más de un semestre. Según el nuevo acuerdo municipal, las tascas solo estarían abiertas durante las ferias de mayo y septiembre, un acuerdo recibido con alivio por los reclamantes, que manifestaron en una nueva carta que la noticia había "causado la natural alegría en todo el vecindario", ya que ya podrían "descansar durante la noche, como cualquier ciudadano; no veremos ni oleremos cosas desagradables".

Quienes pusieron negro sobre blanco sus quejas sobre estos restaurantes feriales agradecieron "a cuantos han intervenido en nuestra petición", en especial, el alcalde, Ramón Bello Bañón.

Con el paso de los años, esas tascas se mudaron enfrente, ampliaron su número en torno a la veintena, establecieron su calendario desde la Semana Santa hasta el prólogo de la Feria de Septiembre, mejorando no sólo su estética, sino también sus condiciones. Y no hay temporada en la que los albaceteños, aunque sólo sea un par de veces, inauguren y disfruten no sólo de su producto estrella, los caracoles, sino de una amplia carta muy manchega que anima a muchos y muchas a caminar, al día siguiente, por eso del colesterol. Y es que, si la playa tiene sus chiringuitos, la costa manchega cuenta con sus tascas. Larga vida para ellas.

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