Albacete y San Juan: el idilio histórico de una capital que 'plantaba' sus propias fallas y creó un río de fuego

20.06.2026

El pasado fallero de la capital, desde la sátira contra la escasez de agua en 1944 hasta los monumentos de la calle Blasco Ibáñez en los años 70


La competencia de la playa alicantina siempre movió al Ayuntamiento a potenciar las fiestas patronales, cuyo último ha sido el Festival Antorchas


El deporte, clave en los programas sanjuaneros, estrenándose el motociclismo de competición en 1950 con la primera carrera del Moto-Club Albacete


La Falla de Virgen de los Desamparados de 1978. / AYERES

El tradicional desfile de las antorchas, que se mantiene inalterable desde hace años, convierte las calles de la ciudad en un río de fuego. / LSV

Cada mes de junio, la llegada del solsticio de verano despierta en Albacete un ritual que mezcla la devoción, la tradición popular y el misticismo del fuego. Aunque hoy en día la práctica totalidad de los albaceteños y albaceteñas asocian estas fechas al multitudinario e iluminado desfile de antorchas en honor a San Juan Bautista, la relación de la capital con las llamas y el arte efímero hunde sus raíces siglos atrás. Y es que hubo un tiempo en el que Albacete 'plantaba' sus propias fallas.

La víspera del 24 de junio, Albacete se convierte en un río de fuego, repartiéndose miles de antorchas para iluminar el corazón de la capital al filo de la medianoche. La liturgia 'sanjuanera' repite desde hace años un recorrido que fieles y ciudadanía en general conocen de memoria. Partiendo desde la puerta del Ayuntamiento, donde se recogen las antorchas de manos de los concejales y concejalas, marchan en ardiente procesión hasta los Ejidos de la Feria. Allí, la fiesta alcanza su máxima temperatura con la quema de la hoguera y un espectáculo de fuegos artificiales.

Tras el fuego, la madrugada se viste de tradición en un ambiente popular en el Recinto Ferial gracias a la música verbenera, aderezada con la degustación de paloma y rollicos de anís. El folclore, las vaquillas, una novillada y la misa manchega completan un programa en el que la única novedad en los últimos años ha sido el Festival Antorchas, que se inventó como alternativa cultural para que los albaceteños y albaceteñas en vez de marcharse fuera de la ciudad se quedaran en su ciudad para festejar a su patrón, junto con el objetivo de atraer a visitantes esos días.

Pero, ¿cuál es el origen de estas fiestas? Como no podía ser de otra manera, es marcadamente histórico y religioso, asentándose en la designación de San Juan Bautista como patrón de Albacete. Este patronazgo se remonta a los siglos medievales, época en la que la villa comenzó a consolidar su identidad, sus instituciones y su principal templo espiritual, la actual Catedral de San Juan.

La prensa de los años veinte ya retrataba el ambiente prefestivo de la capital cuando se acercaba el día del Patrón, transformándose las veladas musicales del paseo del Istmo, ahora paseo de la Cuba, en una verbena en los Jardinillos de la Feria ante la previsible llegada de numerosos forasteros para acudir a las celebraciones taurinas. El riguroso calor estival determinaba el ritmo de las fiestas. Así, las crónicas periodísticas de 1926 describían la imperiosa necesidad de los albacetenses de combatir las altas temperaturas acudiendo esos días en masa a los cafés, bares y horchaterías para refrescarse, bromeando sobre la pureza del agua del grifo frente a las bebidas frescas que ofrecían los hosteleros.

La década de los 30 y la competencia de la playa

En la década de los treinta, las Fiestas de San Juan alcanzaron un rango social y cultural de primer nivel, un prólogo festivo antes de las vacaciones de verano. Los periódicos locales pregonaban que si «por las vísperas se conoce la fiesta», la de San Juan tenía el rango que merecía el Patrón de la capital. Así, 1934 fue especialmente brillante en cuanto a programación. La víspera, el sábado 23 de junio, se celebró un concierto de la Orquesta Sinfónica en el Teatro-Circo, bajo la batuta del célebre maestro Arbós y organizado por el Ateneo. Al mismo tiempo, sociedades como el Club Cinegético celebraban animadas verbenas que contaban con invitados ilustres. Ese programa festivo incorporaba la presencia de ilustres políticos, como el ministro de la Marina, Juan José Rocha García, en plena Segunda República.

Además, el fútbol era protagonista, con un emocionante trofeo organizado por la directiva del Albacete F.C. en el que se enfrentaron el Imperio F.C. y el Athletic Manchego; espectáculos de ópera flamenca con sonados éxitos de cantaores, bailaores y tocaores, y una gran corrida de toros con matadores de cartel que abarrotó los tendidos de la plaza local.

Ese año, la Banda Municipal no pudo ofrecer su serenata nocturna en el Parque de Canalejas -hoy, de Abelardo Sánchez-, debido a que las obras del nuevo quiosco de música no se habían terminado a tiempo. Tras los festejos, la vida de la capital recobraba la tranquilidad absoluta y los vecinos preparaban el equipaje para marchar a las playas de Levante o al campo.

Ese importante programa festivo era la forma en la que el Ayuntamiento y las diversas entidades culturales trataban de atrapar a los albacetenses en esos días. Pero la competencia era mucha. Históricamente, las fiestas de San Juan en Alicante han representado una alternativa para lograr que los albacetenses se quedaran a celebrar su fiesta patronal.

El éxodo hacia el Levante era tan evidente que hasta la propia compañía ferroviaria M.Z.A. lanzaba ofertas sumamente agresivas en fechas clave, como los días 22, 23, 24 y 29 de junio de 1934, ofreciendo billetes de ida y vuelta en tercera clase por apenas 9 pesetas con 85 céntimos. Estas tarifas especiales no solo se diseñaron para asistir en masa a las famosas fogueres y a las corridas de toros de la ciudad costera, sino que la compañía las extendió para todos los domingos del verano. El ferrocarril ponía en bandeja un día completo a precios interesantes, convirtiendo la costa levantina en el destino predilecto de Albacete en detrimento de la verbena local.

Desde mediados del siglo XX, el Consistorio demostró su interés por potenciar esta festividad. Junto con espectáculos taurinos, se preparaban grandes citas culturales y deportivas bajo el rigor del calor veraniego. Sin embargo, consolidar este parón festivo no siempre fue coser y cantar. Por ejemplo, el 18 de junio de 1955, días antes de la celebración, la Alcaldía-Presidencia tuvo que publicar un aviso oficial muy específico destinado a paralizar la actividad laboral en favor del festejo. En él, el Ayuntamiento expresaba literalmente el ruego a la industria y al comercio locales para que, con motivo de la festividad de su Santo Patrón, cerraran sus establecimientos a partir de la madrugada del 24.

¿Y que se ofrecía? Música en la Caseta de los Jardinillos, encuentros de balompié de la Copa Federación en el Campo del Parque de los Mártires, donde el Albacete Balompié medía sus fuerzas a precios populares frente a rivales de la categoría del D. Minera de Cartagena, aprovechando esos encuentros para probar a nuevos jugadores de cara a las siguientes temporadas.

Llega el motociclismo de competición

En esos años 50 tuvo lugar, además, un acontecimiento deportivo de primer nivel que fue fruto del sueño de los aficionados a las motocicletas, los que fundaron en 1949 el Motoclub Albacete bajo la primera presidencia de Juan Valverde. En sus inicios, la entidad estaba compuesta principalmente por pilotos locales y jóvenes aspirantes al motociclismo. Entre todos ellos destacaba Román Muñoz, un experimentado corredor que ya competía en las provincias de Valencia y Alicante. Fue él quien importó la idea de organizar competiciones de velocidad en la capital albaceteña.

El proyecto se materializó rápidamente y, con el respaldo del Ayuntamiento, el día de San Juan de 1950 se celebró el I Gran Premio de Albacete. El éxito de esta primera edición, con un circuito plenamente urbano, fue tan arrollador que motivó la organización del II Gran Premio durante la Feria de ese mismo año, consagrándose en años posteriores al comenzar a puntuar en el Campeonato de España.

¿Y en los 60? La apuesta era cada vez más importante. Por ejemplo, en 1967, el programa oficial de mano diseñado por la Corporación Municipal consolidaba el equilibrio entre actividades artísticas, religiosas y deportivas que daban cuerpo a los festejos populares. Para retener a los vecinos frente a la competencia levantina, que seguía siendo muy potente, la capital seguía desarrollando un intenso programa patronal con un Festival Artístico en la Plaza del Caudillo -ahora, Altozano-, y fuegos artificiales. El día de San Juan, sábado 24, combinó la solemnidad de la Misa de Pontifical en la Catedral con el III Gran Premio de Ciclismo, una gran novillada picada por la tarde, el II Trofeo de Natación en la Piscina de Educación y Descanso, y la apertura estival de la Caseta de los Jardinillos con la orquesta de Robert Jeantal y el ballet flamenco de La Singla. Y el 25, el tradicional concurso de pesca en el Pantano de Alarcón.

El paso de los años trajo consigo la modernización de las infraestructuras urbanas de la capital, haciéndolas coincidir con las fechas del Patrón. En la noche del 23 de junio de 1969, el alcalde de la ciudad, Gonzalo Botija Cabo, presidió la comitiva oficial para inaugurar el nuevo sistema de alumbrado público del Paseo de José Antonio, hoy Paseo de la Libertad, un trazado que conectaba con la Avenida de la Estación. El encendido oficial del interruptor corrió a cargo del concejal delegado del servicio eléctrico, Antonio Tendero García, en medio de los aplausos del público.

Llegan los setenta

En la década de los setenta, la festividad de San Juan se consolidaba bajo el concepto popular de Feria Pequeña, sirviendo como antesala cultural y festiva de la gran Feria de septiembre. La noche de la víspera de 1974 se convirtió en una cita literaria de primer nivel con el fallo de los premios de narrativa en el Parador de Turismo. Estos galardones rendían un emotivo tributo y recuerdo a dos hombres muy vinculados a la prensa de La Voz de Albacete: Antonio Andújar y Francisco del Campo.

El programa de ese año incluyó también un potente componente deportivo, destacando el Campeonato de España de Atletismo de rango nacional -en el que participaron atletas de 13 provincias en el Estadio Municipal Carlos Belmonte-, además del paso de los vehículos del XIII Rallye Internacional de Coches Antiguos Madrid-Benidorm-Madrid, carreras ciclistas y natación. En el apartado artístico, la Caseta de los Jardinillos albergó la actuación de la atracción internacional Los de América, junto con una novillada en la plaza de toros.

Con Franco ya fallecido, las fiestas comienzan a mostrar un programa fuertemente ligado a los movimientos de la cultura popular. Muestra de ello es que el 23 de junio de 1976 se inauguró de forma oficial la Feria del Libro de Albacete en el Paseo de la Feria.

El fuego festivo

No obstante, el idilio albaceteño con el fuego festivo comenzó mucho antes de las actuales fiestas de San Juan. Los registros históricos, según escribió el cronista oficial de la ciudad, el periodista José Sánchez de la Rosa, revelan que el primer antecedente se remonta al Siglo XVII. En el año 1616, el gremio de carpinteros, que había levantado la ermita de San José en unos terrenos cedidos en el centro de la villa, quemó la primera falla de la que se tiene constancia en la historia local.

Esta vocación resurgiría con fuerza y valor en 1944, en plena posguerra. En un contexto marcado por la dureza del régimen franquista y la censura, un grupo de creadores locales compuesto por Rafael Requeri, el profesor Pedrós y los señores Ramírez y Mondéjar, se atrevió a plantar una falla cargada de una ácida crítica social. El tema central era la escasez y las restricciones de agua de la época.

Y es que el monumento reproducía de forma satírica el por entonces frustrado depósito de la Fiesta del Árbol rodeado de fuentes secas. Además, incorporaba una tienda que vendía agua de los Ojos de San Jorge con cuentagotas y kilométricas colas de vecinos con vasijas en la fuente de la calle Santa Quiteria. Para completar la escultura fallera, comercios, farmacias y tabernas cerradas por la falta del líquido elemento.

En los años 50, y según recoge la prensa local -La Voz de Albacete-, la Comisión de Festejos de la calle San Agustín se afanaba cada año en la organización de un programa que incluía una falla para deleite de los vecinos de la zona y de toda la capital.

La falla de Virgen de los Desamparados

Pero el verdadero epicentro de la nostalgia fallera moderna albaceteña hay que situarla en la confluencia de las calles Virgen de los Desamparados y Blasco Ibáñez. Allí, lo que comenzó a finales de los años sesenta como una ocurrencia infantil de unos chavales del barrio, que apilaron cajas de cartón y una muñeca, acabó convirtiéndose durante años en un ambicioso programa festivo.

Impulsada por una comisión vecinal muy activa, presidida por Antonio Martínez Catalán y de la que uno de sus impulsores fue el tapicero Luis Mondéjar, el barrio empezó a encargar imponentes monumentos falleros al artista valenciano Manuel Guinart. Durante cuatro días, la zona se convertía en un lugar de peregrinaje para toda la ciudad. Había verbenas, fuegos artificiales, e incluso eventos deportivos de calado nacional como el Trofeo Gran Falla San Juan. También se elegía una reina de las fiestas y sus correspondientes damas.

La espectacularidad creció tanto que el presupuesto del último año de la falla superó los dos millones de pesetas, atrayendo a artistas de renombre de la época como Paquita Rico. Pero ese enorme esfuerzo económico -los vecinos pagaban una cuota anual de 1.000 pesetas, junto con la colaboración de los comercios de la zona-, provocaron que la tradición terminara desapareciendo, dejando al restaurante La Falla en la calle Blasco Ibáñez como un último testimonio de aquellos días de fuego veraniego.

Aunque las calles de Albacete ya no ven arder grandes estructuras de cartón-piedra, a pesar de que hace un par de décadas hubo un intento por recuperar la falla sanjuanera, el nombre de la ciudad sigue estrechamente ligado al fuego, pero en la capital del Turia. Desde 1951, en pleno Sector de La Roqueta Arrancapins de Valencia, se planta la Falla Albacete-Marvá. Nacida originalmente con el nombre de La Colmena, esta veterana comisión mantiene su casal en el número 21 de la calle Albacete bajo el rótulo de Nostra Veu. Es un rincón donde, año tras año, multitud de albaceteños que viajan a Valencia son recibidos con hospitalidad para esa conexión que su ciudad natal mantiene con las llamas purificadoras.

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