Viajeros... al cine

31.07.2020


La Estación de Chinchilla albergó durante décadas un cine en el que se 'estrenaron' numerosas películas antes de que llegaran a las principales pantallas españolas


Las cintas eran 'sacadas' de los vagones y se proyectaban en una especie de barracón promovido por los propios vecinos


Un incidente durante una proyección que afectó a parte de la película 'Caravana de mujeres' acabó con las 'premieres' ferroviarias


Los vecinos se llevaban sus propias sillas y combatían el frío con ladrillos que calentaban en el sagato, aunque con el paso del tiempo el cierre de una sala de Almansa les proporcionó butacas de madera


Un cuento que bien podría aprovechar Giuseppe Tornatore para una segunda parte de la mítica Cinema Paradiso. Un poblado en medio de la llanura manchega que nació al albur de un entramado de caminos de hierro se convirtió en un banco de pruebas, en una sala de estrenos del mejor cine del mundo.

Fue un cine de extraperlo. Pero el caso es que los vecinos de la Estación de Chinchilla vieron, estrenaron, en especial en los cincuenta, buena parte del mejor catálogo de las majors, de las grandes exhibidoras en esa España de miseria y drama, de esa España de posguerra.

Aula de chicas del colegio de la Estación de Chinchilla
Aula de chicas del colegio de la Estación de Chinchilla

Según el Conde de Rivarol, "la memoria está siempre a las órdenes del corazón", y así es, un corazón convertido en recuerdos que borran episodios indeseables de historias pasadas, de vidas gastadas, de luchas sin cuartel para dejar en el haber sólo aquello que, aunque fuera por unos minutos, unas horas, iluminó existencias marcadas por la dureza de una época cruel, de reconstrucción vital.

La Estación de Chinchilla fue la consecuencia lógica de la expansión de un medio de transporte que vino a cambiar una sociedad, una forma de viajar, una manera de crear riqueza, un modo de vida. Tiene sus raíces superada la mitad del siglo XIX, cuando el tren se abría paso entre el centro de España y el levante, véase, Cartagena y Alicante.

Uno de los pocos vestigios del cine de la Estación de Chinchilla.
Uno de los pocos vestigios del cine de la Estación de Chinchilla.

La compañía MZA fue la responsable en un principio de convertir en una auténtica villa este páramo, dotando a sus numerosos vecinos, ferroviarios y familias, de todo lo preciso para el día a día. Viviendas, comercios, médico, horno, harinera, estafeta de correos, fonda, cantina y hasta escuela... Y esa escuela se utilizó desde 1920 como capilla y teatro, amén de todas las infraestructuras relacionadas con el ferrocarril, edificio de viajeros      -allí esperaban los cuchilleros con sus cintos cargados de navajas a los viajeros para venderle la artesanía albacetense-, depósitos, muelles y talleres, Y vayan sumando.

La Estación de Chinchilla fue la consecuencia lógica de la expansión de un medio de transporte que vino a cambiar una sociedad, una forma de viajar, una manera de crear riqueza, un modo de vida. Tiene sus raíces superada la mitad del siglo XIX, cuando el tren se abría paso entre el centro de España y el levante, véase, Cartagena y Alicante. 

Con el tiempo, el patrón de la localidad ferroviaria, San Luis Gonzaga, dispuso de su propia capilla, levantada en 1947 por obra y gracia de Renfe, cuando el complejo ya era de titularidad pública. Y el teatro también contó con su 'templo' particular, una nave que vista hoy no ofrece pista alguna de su pasado como sala cinematográfica a la altura de los estrenos nacionales que transitaron por su pantalla, un inmueble que todavía conserva a trancas y barrancas las huellas de lo que fue, con un escenario rematado con un bambalinón en madera marcado con unas curiosas iniciales en madera y las tripas de lo que fue una cabina en la que un día hubo un proyector, unas bobinas... Aunque esas dependencias, convertidas hoy en almacén y cochera, fueron mucho más. Salón de bodas y otros banquetes, sala de baile, punto de encuentro para reuniones varias. Hasta albergó el reparto de la leche en polvo, la mantequilla y el queso del Plan ASA (Ayuda Social Americana) que vino a alimentar a una generación de niños necesitados.

Recuerda Pilar Gallego como si fuera ayer que el edificio que se convirtió en cine fue un proyecto en el que colaboró prácticamente todo el poblado ferroviario. "El que pudo con dinero, y si no, con jornales, o con ladrillos". Fruto del esfuerzo de todos, un sueño que se convirtió en realidad. Con el tiempo, el edificio pasó a la Asociación de Huérfanos Ferroviarios, pero por cuestiones administrativas, quedó en manos de Renfe, que al final lo vendió.

Clase de los chicos de la escuela de la Estación de Chinchilla.
Clase de los chicos de la escuela de la Estación de Chinchilla.

Fue en la década de los cincuenta cuando la Estación de Chinchilla tocó techo, con una población cercana a las 800 personas. El trajín era continuo, ir y venir de ferrocariles cargados de todo lo imaginable -dinero, animales, basura, paja, cereales, materias primas, alimentos y hasta las magdalenas del Escarchas, producto de bollería local de tremendo éxito en tierras catalanas-, además de miles de viajeros al año, muchos de los cuales hacían noche a la espera del tren que les llevaría a su destino. Una Estación abierta 24 horas, con tres turnos diarios de trabajo para los ferroviarios. Y por supuesto, en esos vagones, películas camino de los grandes cines de la capital de España y otras ciudades.

Red de Renfe en los primeros años 40.
Red de Renfe en los primeros años 40.

Describió en el escritor Arturo Tendero que esos convoyes se detenían en la Estación para someterse a una serie de maniobras rutinarias. "Todo estaba perfecta y milimétricamente estudiado para que, durante la parada, la película se estrenase en la pedanía chinchillana". Y así fue durante largas temporadas. Y esos vagones de celuloide llegaban, además, de otras poblaciones. "Hemos visto películas que no las habían visto ni en Madrid todavía, ni en Valencia, ni en ningún sitio, nosotros éramos los primeros", recuerda Pilar Alcaraz Morote, hermana de ferroviarios, Francisco y Daniel. E hija de trabajadores del campo y de lo que surgiera en una época en la que poco menos que había que inventarse el modo de vida.

"Los trenes -recuerda Pilar Alcaraz, camino de los 90 años- en algunos casos hacían noche aquí. Entonces el jefe de la estación, que era a su vez el responsable del cine, era quien se encargaba de que corriera la voz, que ese día había cine". No había horario concreto, ni día de la semana, aunque lo habitual era que el milagro se obrara los jueves, cuando los vecinos de la Estación disfrutaron de estrenos. De Berlanga. "Sí recuerdo que en algunas ocasiones había dos pases. Y los llenábamos".

Pilar Gallego daba alguna pista más sobre cómo se difundía la proyección de rigor. "En la puerta de mi casa se colocaba una especie de cartel, de pizarra, y se anunciaba que esa tarde o cuando fuera teníamos película", cintas que, por cierto, costaron más de un disgusto a los escolares de aquel momento, a los que optaban por no respetar la clasificación de los films. Hay que recordar que fue desde 1950 cuando la Oficina Nacional Clasificadora de Espectáculos, dependiente de la Comisión Episcopal de Ortodoxia y Moralidad, era la responsable de catalogar las películas, con un ránking que rezaba de la siguiente forma: 1, autorizadas para todos los públicos; 2, autorizadas para jóvenes; 3, autorizadas para mayores, y a partir de ahí, según los guardianes de la moral, llegaba lo peligroso, desde las películas 3R, restringidas para mayores "con reparos", a las numeradas con el 4, gravemente peligrosas. Pues bien, según Pilar Gallego, que todavía conserva su casa en la Estación de Chinchilla, "en más de una ocasión nos metíamos a ver la película aunque fuera 3R o más, aunque ya sabíamos que el lunes nos tocaba castigo en el colegio, nos ponían de rodillas o cargando con los libros con los brazos en cruz, pero valía la pena".

El cine, evoca Pilar Alcaraz Morote, no era confortable, ni siquiera tenía sillas, y menos calefacción. "Mi madre calentaba un ladrillo en el sagato de aquel entonces, la basura removida con las pezuñas de las mulas, una especie de carbón remolido, y dejaba calor para todo el día. Pues con ese ladrillo caliente nos íbamos al cine, nos lo poníamos con unos alambres en los pies, y claro, se quemaban las gomas de las zapatillas, recuerdo el olor, pero es que de no ser así, el frío era insoportable", casi siberiano.

De la misma manera, en un principio, tenían que cargar con sus propias sillas, ya que la sala no disponía de butacas, hasta que un cine almanseño se modernizó y los viejos sillones de madera fueron a parar a la Estación, a su cine.

Ese cine, ocultó, invisible para el cinéfilo más pintado, luce desvencijado, y es propiedad de la familia de María Dolores Rodríguez. "Nací aquí, en la Estación, me casé, tuve mis hijos, y disfruté mucho con ese cine". Cuando cerró, decidieron comprarlo, pero su destino nada tenía que ver con el de sus orígenes. Ni mucho menos. "Se compró cuando el cine ya llevaba años cerrado, nosotros teníamos una fábrica de embutidos, y la nave nos sirvió de depósito. Con el tiempo también almacenábamos cebollas", y hoy en día es una suerte de cochera y enorme desván.

De las condiciones del cine también recuerda María Dolores que iba con su familia, con el resto de vecinos. "Éramos como una gran familia, daba gusto ir a ver las películas, aunque se pasaba frío. Igual íbamos con la bolsa de agua caliente que con el ladrillo caliente, y muy abrigados". Y eso sí, de estreno en estreno. "Sí, cuando paraba el tren que transportaba la película, el responsable elegía la película, se pasaba en el cine, y después, de nuevo al tren".

Entre el público, vecinos de la propia Chinchilla de Montearagón, que bajaban como podían, cuando el tiempo lo permitía, hasta el cine de la Estación, "algunos con sus propias sillas también", recuerda como si no hubieran pasado varias décadas Pilar Gallego, que desde los 18 meses vivió en la Estación de Chinchilla con sus tíos, Florinda y Ramón, que regentaban una de las cantinas del pueblo. Y que se casó con Enrique Sáez Massó, encargado de la estafeta de Correos. Pero no se crean, que hasta algunos viajeros pasaban por el curioso cinematógrafo, según rememoran los vecinos.

Durante años, refiere María Dolores, se hizo cargo del cine el guardia municipal, conocido como El Chato las Morras, aunque también se recuerda a Tata, quien con unos moldes caseros elaborada sus propios caramelos, un lujo para la chiquillería. "El Chato las Morras era un hombre muy grandote, muy atento, junto con su familia vendía pipas, garbanzos torraos, caramelos, hacían rifas... y en la nave además se celebraban los bailes, las bodas".

Recuerda en especial la proyección de alguna de las reposiciones de Lo que el viento se llevó. Sí, reposiciones, porque hubo un antes y después en la biografía del peculiar cinema ferroviario. Y es que el cine de estreno clandestino desapareció como tal. Arturo Tendero narró un episodio que pudo acabar para el responsable del cine de la Estación como le sucediera al mismísimo Alfredo, el proyeccionista imaginario de Cinema Paradiso, cuando su cabina se convirtió en un horno, en un infierno, ¿recuerdan? Pues bien, en el invierno de 1951, Miguel Guzmán, vecino de la Estación, tenía nueve años. Ese día tocaba ver Caravana de mujeres. Y todo iba bien, como de costumbre, "hasta que, de pronto, apareció una mancha en uno de los márgenes de la pantalla, un agujero negro que creció rápidamente hasta devorar el plano. Medio hipnotizados aún por la ficción, los espectadores volvieron la cabeza hacia el proyeccionista y lo vieron agitarse y luchar contra las llamas para que no devorasen todo el celuloide y consumiesen la película entera, con látigo, carromatos y mujeres. Lo vieron arrojar el rollo por una ventana. O no lo vieron, porque el espanto había formado algarabía y la gente se amontonaba para huir de la humareda. Tal vez fueron unos segundos, probablemente poco más que unos minutos que formarían parte de la historia del cine nacional si no fueran tan furtivos", recordaba Arturo Tendero en uno de sus episodios publicados en La Tribuna de Albacete de su magnífico serial Chinchilla, mon amour!

Y otros testimonios dan fe de lo que pudo suceder y afortunadamente no pasó. Ese día, Pilar Alcaraz Morote no acudió al cine. Las obligaciones se lo impidieron. "Fue en octubre, iba con mi madre -María Antonia Morote Alcaraz- a Aldea Nueva, finca que tiene luz de toda la vida. Allí acudíamos a hacer matanzas, a blanquear paredes y otras faenas. Ese día me comentaron que la película se pegó fuego. El encargado la arregló como pudo y se cortó este sistema". Un suceso que pudo acabar en desgracia máxima, y que supuso que ese cine usurpado desapareciera.

Y Josefa García Tomás también se refería el suceso de marras. "Sí, recuerdo que cuentan que se quemó la película". Pero ese incidente no borra de su memoria los maravillosos momentos vividos en esa sala. "¡Qué recuerdos!, al llegar aquí los trenes con la películas se nos avisaba que ese día había cine, bien es cierto que pagábamos una peseta. Pero valía la pena, recuerdo películas como Los crímenes del Museo de Cera o Sisí emperatriz". Y no olvida tampoco, como Pilar, como María Dolores, que en un principio, de butacas, nada de nada. "No había sillas, las llevábamos nosotros, nos calentábamos con un ladrillo, y con las butacas de un cine de Almansa todo fue mejor".

El cine era, además, teatro, salón de bodas y punto de encuentro vecinal.

Josefa García Tomás, una de las veteranas vecinas del poblado manchego, es de familia ferroviaria, muy ferroviaria. Su padre, Juan García, encendedor de máquinas, vivió durante una temporada en un vagón, primero en Murcia, luego en la Estación, hasta que logró tener su propia casa. Su hermano Miguel maquinista; César, jefe en Valencia; Manolo, jefe en Albacete, y Mateo, mozo de estación. "En mi juventud, a pesar de la situación, aquí había mucha gente joven, mucho ambiente, mucha alegría, la gloria, no he conocido otra cosa, y toda mi familia ha estado siempre aquí. He hecho mi vida en la Estación y el cine y el teatro era nuestra diversión". Vidas de película, como las que se proyectaron durante años en ese local inveterado, anodino, lánguido, que pervivió durante una larga etapa gracias a la llamada Agrupación Ferroviaria, según dan fe las Hojas de proyección y partes de cine que se conservan en el Archivo Histórico Provincial. Hasta 1966 aparece esa asociación en los documentos del Ministerio de Información y Turismo. En su trayectoria, proyeccionistas como un hermano del Maestro Davia, de Chinchilla. Un año después, la Estación de Chinchilla inició su camino hacia ninguna parte, coincidiendo con la apertura de la nueva terminal albacetense.

Ahora, el edificio de viajeros, como otras tantas construcciones de la zona, dormita, a la espera de que alguien trate de rescatarlo antes de terminar muriendo por falta de atenciones, como lo certifica que aparezca en la Lista Roja del Patrimonio, iniciativa de la Asociación Hispania Nostra, en la que se recogen aquellos elementos del Patrimonio Cultural Español que se encuentren sometidos a riesgo de desaparición, destrucción o alteración esencial de sus valores, al objeto de darlos a conocer y lograr su consolidación o restauración. Pero esa es otra historia, otro cuento. Mientras tanto, ¡viajeros al cine!