Guion costumbrista busca película

16.01.2026

Juan Miguel Velasco rescata la memoria de Rejalgar en una historia de brujas, fraguas y supervivencia que pide paso en la gran pantalla o para una serie de televisión


Para el cine, una buena historia es aquella que sobrevive al tiempo. Pero para Juan Miguel Velasco, la historia no solo ha sobrevivido, sino que se ha transformado: de legajos polvorientos en archivos eclesiales a una novela genealógica y, de ahí, a un guion cinematográfico que hoy espera, con la paciencia de un herrero, el golpe de martillo definitivo que lo lleve a la gran pantalla. Bajo el título Rejalgar: Los Velasco. De Alcolea de Calatrava a Casas del Lázaro, Velasco plasmó negro sobre blanco una epopeya familiar que arranca en el Siglo XVIII. "Todo comenzó hace unos diez años; me basé en la genealogía del apellido Velasco". No es solo un árbol genealógico; es el retrato de una estirpe que aprendió a usar el humor como escudo frente a la miseria.
 Tras una dilatada y polifacética trayectoria, Juan Miguel Velasco presenta Rejalgar, su primera incursión en el género de la novela genealógica. Este autor, nacido en Balazote y estrechamente vinculado a la vida política, cultural y deportiva de Albacete como cofundador del Centro Excursionista, ha cultivado durante décadas ámbitos tan diversos como la poesía, el derecho y la divulgación del patrimonio histórico y natural de la provincia. Tras haber publicado obras que van desde guías de castillos y senderos hasta tratados jurídicos, aprovecha su etapa de jubilación para dar un giro a su carrera literaria.

Hace una década

Velasco no se conformó con los relatos de sobremesa y se sumergió en una investigación casi detectivesca. «Los procesos de investigación son los clásicos: archivos eclesiales, civiles, periódicos, cementerios, consultas sobre llamamientos a filas y juicios de la posguerra», explica el autor. El resultado fue un viaje geográfico y emocional que recorre La Mancha y la Sierra de Alcaraz, uniendo puntos en el mapa como Alcolea de Calatrava, Villanueva de los Infantes, Masegoso y, fundamentalmente, Casas de Lázaro y El Pozuelo. Fue en estos escenarios donde sus antepasados libraron la batalla más difícil: la de la supervivencia sin recursos, pero con una inagotable capacidad para ver el vaso medio lleno frente a lo que el destino parecía reservarles.

Universo surrealista

Sin duda, el guion respira la autenticidad de esa España socarrona que tan bien retrató su paisano José Luis Cuerda. Existe una conexión inevitable con el universo de Amanece, que no es poco: ese surrealismo rural en el que los personajes hablan con una precisión léxica asombrosa y el mote es poco menos que la norma constitucional que rige en el pueblo. Una de las secuencias más potentes muestra a los hermanos Pedro y Francisco caminando sobre la nieve de El Pozuelo hacia el molino de Picachu. Allí, entre el frío y la necesidad de vender piñas, surge la leyenda de Cayetana, la Ojo Cuchillo.

A través de diálogos afilados y cargados de retranca, el autor nos sumerge en un mundo de superstición. Escuchamos al molinero advertir sobre conjuros con sangre de gato y maldiciones capaces de hacer que al alcalde -apodado Arrastrabarros- se le caiga el culebro antes de que pasen las cigüeñas. Es una historia de matices y palabras ricas -apotegmas, filibustes, coyunda- que elevan lo cotidiano a la categoría de cultura… popular.

El eje sobre el que pivota el interés cinematográfico es, sin duda, el abuelo del autor, apodado Rejalgar. Un hombre que personifica la fuerza bruta del campo y la sabiduría de quien no sabe leer, pero entiende la vida. «Era un completo analfabeto, pero solidario con todos», relata Juan Miguel Velasco. «Aprendió el oficio de herrero y fortaleció su cuerpo en la fragua. Allí, su taller era el centro social. Entre vino en porrón y lonchas de jamón, Rejalgar lanzaba apotegmas que casi nadie entendía, pero que destilaban una filosofía propia».

El arte de la respuesta

Juan Miguel Velasco.
Juan Miguel Velasco.

Parece indudable que la figura de Rejalgar es un regalo para cualquier actor: un hombre que no sabía de cuentas -era su mujer quien llevaba los números-, pero que dominaba el arte de la respuesta. Cuando una vecina le acusó de haberse bebido todo el vino del pueblo, él simplemente negó con la mano: «No, yo solo no».

La transición de la novela al formato de guion fue un acto de valentía literaria. Sin experiencia previa, Velasco se armó con un manual de escritura y el apoyo de la editorial Liberlibro. El resultado es un texto que busca director, con una condición irrenunciable: el humor. A pesar de haber contactado con más de 200 productoras y cadenas, la industria parece no haber descubierto aún esta joya del costumbrismo. «Solo han respondido dos de Albacete», confiesa el autor, quien no pierde la esperanza de ver su historia convertida en una película de corte histórico en la que la risa sea la protagonista.

Juan Miguel Velasco no busca fama; ha ofrecido el proyecto de forma gratuita. Lo que persigue es que el espíritu de Rejalgar, la magia de Ojo Cuchillo y la memoria de los Velasco cobren vida en el celuloide, recordándonos que, al igual que en el cine de Cuerda, el humor es el único derecho que nadie nos puede quitar.

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