Dos cines de papel

29.03.2020


En los años cuarenta se proyectaron dos nuevas salas para la ciudad, Royal y Gran Cinema, que no llegaron a convertirse en realidad


En los dos casos, los autores de los proyectos fueron los arquitectos Julio Carrilero Prat y Miguel Ortiz e Iribas


Los cines habrían dotado a la capital albacetense de 1.500 localidades más


Erase una vez unos empresarios, afamados empresarios, que quisieron tener sus propios cines en la capital albacetense. Corrían los años cuarenta, más bien, a la mitad de la década. Y en esta villa manchega, de consolidados exhibidores cinematográficos, por más señas, José Pérez García y José Olivas -ya saben, Capitol y Teatro Circo, y sus hermanos pequeños, de verano e invierno-, hubo dos proyectos más que importantes para dotar a la capital manchega de nuevas salas, cinemas que no terminaron de ver la luz y que los archivos nos devuelven en forma de legajos y carpetas, sobreviviendo en unas estanterías a la espera de existir, aunque fuera por unos instantes, en el imaginario del ciudadano, y en este caso, del lector de este blog. Les hablamos de dos cines de papel, porque no pasaron de eso, ya que los proyectos llegaron a los organismos oficiales y contaron con el beneplácito de técnicos y autoridades. Y punto final.

Uno de ellos se pretendía llamar Gran Cinema, y nació del propósito emprendedor de Francisco Chinchilla Reyes -de la compañía Eléctrica Chinchilla- y Juan López Valcárcel, industriales que, procedentes de Hellín, terminaron promoviendo un importante y suntuoso proyecto en la ciudad del tambor, el popular Teatro Español, inaugurado en la feria de 1947 de esa localidad albaceteña y demolido, tras su abandono, en el verano de 1987. Precisamente, el proyecto del Gran Cinema de Chinchilla Reyes y López Valcárcel lo encargaron a dos afamados arquitectos, Julio Carrilero Prat y Miguel Ortiz e Iribas, autores del Español hellinero, entre otros muchos emblemáticos edificios de aquí y de allá.

Registrado en el Colegio de Arquitectos de la Zona de Valencia, en su delegación albacetense, los planos y memoria tienen fecha de abril de 1945. El solar escogido por los empresarios estaba situado en la calle Collado Piña, con forma de trapecio y sobre una superficie de 408 metros cuadrados.

De todas maneras, a pesar de que pudiera parecer no excesivamente grande el terreno elegido, su capacidad iba a ser de 931 localidades, 563 en el patio de butacas y 368 en el anfiteatro.

El proyecto incluía los materiales más utilizados en aquel momento, la mampostería semihidráulica en cimientos y muros, tabicones de ladrillo macizo cogido con mortero de cemento, suelos de hormigón armado, cubierta de armaduras metálicas y chapas de uralita, tabiques de ladrillo hueco, pavimentos de mosaico, maderas...

El segundo cine de papel también nació de la imaginación y la pasión por el teatro y el cine de otro industrial, en este caso, de Albacete capital, Jesús Giménez Molina, propietario, junto con sus hermanos, de La Pajarita, un símbolo del arrojo empresarial de la ciudad y de la provincia durante todo el siglo XX, referente además a nivel nacional gracias a su catálogo de productos de confitería, caramelos, grageas y peladillas. Y una de sus marcas más importantes fue Royal, su chocolate «de calidad primera», anunciaban cafés, tés, dulces, pastas para sopas y hasta canela.

Pues resulta que Giménez Molina también encargó el proyecto del que iba a ser su cine, al que tenía previsto bautizar como Royal -como sus chocolates- a Julio Carrilero y Miguel Ortiz, si, los mismos que pensaron para los industriales hellineros el Gran Cinema.

La sala se ideó para un solar que la familia Jiménez tenía en el entonces Paseo de José Antonio, hoy Paseo de la Libertad, en los impares, al lado del Paseo de la Cuba.

Los planos y la memoria descriptiva del cine tienen fecha de registro en la Delegación de Albacete del Colegio de Arquitectos de la Zona de Valencia del 28 de octubre de 1943. «El solar elegido es de forma rectangular, con una sola fachada al paseo de José Antonio, y su dimensión es de veintiún metros (21,00) para ésta y extensión superficial de cuatrocientos diez con cincuenta y cinco metros cuadrados (410,55)», se explica en la memoria del encargo.

Por la curiosa fisonomía del solar, los arquitectos tuvieron que ingeniárselas para atender las peticiones del promotor. «Debido a la reducida superficie del solar, es preciso cubrir la totalidad del mismo, excepción de un pequeño patio de dos con setenta metros cuadrados (2,70), proyectado como chimenea de ventilación para los servicios de urinarios, retretes y lavabos». Por tanto, la sala tenía forma poligonal, con su eje situado sobre las diagonales del rectángulo del solar, «estando circundada toda ella por vestíbulo», con la excepción de la parte de la pantalla. En el vestíbulo se distribuían cuatro puertas para el acceso del público a la sala, y en la misma zona, el espacio de servicios y taquillas.

También contaba con las escaleras de acceso a la planta principal o anfiteatro, situadas simétricamente hacia la sala, y con punto de arranque en el mismo hall. Precisamente, de la planta principal arrancaba otra escalera que hubiera dado acceso a la cabina de proyección. No hubiera sido un cine pequeño, no, puesto que de haberse construido habría dotado a la ciudad de una sala con capacidad para 500 personas, entre el patio de butacas y el anfiteatro. Y su coste se estimó en 366.125 pesetas.

El proyecto, una vez redactado y sellado, inició su recorrido por las diversas administraciones a fin de conseguir los pertinentes permisos. En mayo de 1945, Gobierno Civil dio todos los parabienes para un cine del que no se levantó un ladrillo. Una pena.